Uno
de los temas fundamentales de las lecturas se refiere a nuestra
relación con la Fuerza Creadora. Por esta razón, durante once
años, de 1931 a 1942, Edgar Cayce dictó una serie de ciento treinta
lecturas a un grupo de personas interesadas en las leyes espirituales
(el Grupo de Estudio n.° 1). Al principio, ciertos miembros
del grupo sólo querían aprender a desarrollar sus poderes psíquicos.
Cayce les dijo que, más bien, debían esforzarse por progresar
espiritualmente. Les explicó que, según sus necesidades personales
y el motivo de su presente encarnación, sus facultades extrasensoriales
resultarían de su perseverancia en analizar y poner en práctica
los principios universales.
La
información compilada por el Grupo de Estudio n.° 1 a partir
de esa serie de lecturas dio lugar al libro "En busca de Dios",
el cual expone conceptos espirituales aplicables en la vida cotidiana.
El mismo nos despierta a la verdad, nos hace entender nuestra
auténtica naturaleza divina y nos conduce hacia la Luz. Nos revela
el propósito de la existencia y nos ayuda a cumplir nuestra misión
en la tierra. Nos brinda paz, esperanza y la sublime felicidad
de sentirnos en armonía con el Creador y con nuestros semejantes.
Mostrándonos que formamos parte de Dios y somos uno en Él, nos
alienta a contribuir a la edificación de un mundo mejor y a convertirnos
en nobles instrumentos de la voluntad del Señor, en puras expresiones
del amor universal. Los preceptos que ofrece han sido acogidos
por gente de todas las tendencias religiosas. Continúan inspirando
y transformando a innumerables personas, permitiéndoles elevar
su nivel de conciencia a través de la oración, la meditación,
la cooperación, la fe, la paciencia y el altruismo. Hoy en día,
existen en el mundo muchos 'grupos de estudio' - nombre genérico
de los grupos de discusión que se reúnen semanalmente para profundizar
en los temas abordados en las lecturas de Edgar Cayce.
Según Cayce, somos seres espirituales actualmente encarnados en la tierra. En efecto, el hombre no es un cuerpo físico dotado de un alma, sino un alma que se encuentra en la materia a fin de sacar provecho de sus experiencias y de retornar a la Fuente suprema. En la Biblia también, vemos que el ser espiritual (Génesis 1) fue creado antes que el ser físico (Génesis 2). Puesto que comprender y manifestar nuestra verdadera relación con Dios y la Creación constituyen la finalidad de nuestra presencia sobre la tierra, deberíamos meditar regularmente. Notemos que Cayce ya mencionaba y recomendaba la meditación en 1921, cuando la mayoría de la gente en el mundo occidental ni siquiera sabía lo que era. Se empezó a hablar de la misma en los años 1970, aunque para muchos siguió siendo una noción extraña, propia de las religiones orientales. Desde entonces, abundantes investigaciones clínicas han demostrado su influencia positiva sobre la salud y el bienestar en general. Numerosos médicos la reconocen ahora como una manera eficaz de reducir la hipertensión arterial, de disminuir el estrés y de lograr más serenidad.
Meditar consiste en aquietar el cuerpo y la mente, y en cesar de concentrar nuestra atención en el mundo exterior, a fin de unirnos a Dios en el silencio de nuestro santuario interior. La meditación actúa favorablemente en el plano físico, relajando el cuerpo; en el plano mental, calmando los pensamientos y las ansiedades; y en el plano espiritual, renovando la energía vital y estimulando nuestros atributos divinos. Esto nos permite llevar una existencia más útil, mejorar nuestras relaciones con las personas que nos rodean y enfrentar con ánimo las dificultades que se presentan. Al dedicar cada día un rato a liberar la mente de las múltiples preocupaciones que la asaltan, vamos recobrando la plena conciencia de nuestra esencia divina. Podemos decir que orar es dirigirnos a Dios y hablarle, mientras que meditar significa escuchar a Dios, dejando que nos instruya y nos guíe la parte de nuestro ser que se halla en constante comunión con el Infinito.
Aplicando algunas reglas sencillas, la meditación está al alcance de todos, e incluso los principiantes perciben los efectos beneficiosos de un período de silencio motivado por un ideal elevado.
- La primera etapa
requiere que se adopte una posición confortable; por ejemplo,
sentarse en una silla, con la espalda recta, los pies planos
en el suelo, los ojos cerrados y las manos en el regazo o a
los costados. Empezar a relajarse efectuando respiraciones lentas
y profundas - inspirar hondo y retener un poco el aire en los
pulmones antes de espirar despacio. Al mismo tiempo, ir buscando
con la mente las tensiones existentes en el cuerpo, y sucesivamente
eliminarlas usando la imaginación o masajeando las zonas correspondientes
con la yema de los dedos.
- La segunda etapa
radica en concentrarse en un pensamiento pacífico e inspirador,
llamado 'afirmación': por ejemplo, "la paz me envuelve y reina
en mí", "estoy en un estado de relajación total", un versículo
de la Biblia, un aforismo espiritual como "Dios es Amor". Conviene
impedir que la mente vagabundee o se extravíe en las tareas
a desempeñar, lo que acaba de ocurrir en el trabajo, u otras
consideraciones. Después de reflexionar sobre el mensaje de
la afirmación, analizando cada palabra con cuidado, es necesario
impregnarse de su significado. En efecto, las impresiones experimentadas
en el ser interior impactan mucho más que las palabras mismas.
Así, no basta con repetir "Dios es Amor", pues es el sentimiento
que acompaña esta aserción el que le da su fuerza y su amplitud.
- La tercera etapa
representa la meditación en sí. Consiste en permanecer en silencio,
sumergiéndose en los sentimientos producidos por la afirmación.
En cuanto la mente se desvía, es indispensable volver a concentrarse,
primero en el sentido de las palabras de la afirmación y luego
en los sentimientos que éstas suscitan. No desalentarse si la
mente divaga: poder fijar la atención en un solo pensamiento
exige tiempo. Al principio, observar períodos de silencio de
unos cinco minutos, pero ir aumentándolos hasta quince o veinte
minutos después de cierto entrenamiento.
- La cuarta etapa
precisa que se envíen buenos pensamientos u oraciones a otras
personas antes de concluir la sesión de meditación. Por ejemplo,
en el caso de haber elegido el amor como tema central, dirigir
este sentimiento hacia los seres queridos y quienquiera que
lo necesite.
Practicándola cotidianamente, la meditación se hace cada vez más fácil, y la quietud que emana de esos momentos de concentración silenciosa y de recogimiento se refleja en todos los aspectos de la vida.
A
diferencia de quienes sostienen que la mente debe quedar inactiva,
porque se deja distraer y altera el proceso de meditación, Cayce
declara en las lecturas que el poder creador de la mente puede
utilizarse de manera adecuada para alcanzar un alto grado de armonización
con la Fuente Universal.
Meditar regularmente propicia la curación física, mental y espiritual. Gracias a las afirmaciones constructivas que empleamos y al ideal que mantenemos durante la meditación, nuestras tendencias negativas desaparecen, siendo reemplazadas por actitudes más positivas.
Por
lo general, desperdiciamos horas en ocupaciones que ningún beneficio
nos aportan, mientras que un ratito reservado a la oración y a
la meditación nos proporcionaría más paz, alegría y plenitud que
cualquier otra actividad. Busquemos primero el reino de los cielos,
que está dentro de nosotros. La palabra y las promesas divinas
son eternas: invoquemos al Señor, sabiendo que somos el templo
del Dios viviente, que el Todopoderoso reside en nuestro santuario
interior.[1] En el silencio de la meditación, una vez relajado
el cuerpo, serena la mente y olvidadas las preocupaciones, nos
abrimos a nuestra naturaleza espiritual y nos unimos a la Fuerza
Creadora.
Las
lecturas de Edgar Cayce subrayan que todos deberíamos meditar,
pues la comunión con Dios es primordial. En efecto, el alma, nuestro
ser superior, no se complace sino en lo divino y aspira a morar
en el seno del Creador. La meditación asidua nos ayuda a comprender
y manifestar nuestra relación íntima con el Señor, a aplicar los
principios universales en la vida diaria, a distinguir la omnipresencia
de Dios, y a prepararnos para que la transición que llamamos muerte
constituya un paso adicional hacia el entendimiento cada vez más
perfecto del Padre.[2]
Libros
recomendados:
- "En busca
de Dios", Libro I ("A Search for God", Book I)
- "Edgar
Cayce: Doce lecciones de espiritualidad" ("Twelve Lessons
in Personal Spirituality") - Kevin Todeschi
- "La misión
del alma" ("Soul Purpose") - Mark Thurston
1. Véase "En busca de Dios", libro 1; capítulo "La meditación";
edición 1998, p. 23.
2. Véase "En busca de Dios", libro 1; capítulo "La meditación";
edición 1998, p. 24.
Para
más datos sobre los grupos de estudio, contactar:
A.R.E.
Search for God Program
215 67th Street
Virginia Beach, VA 23451-2061, U.S.A.
En inglés
Tel.: 877-428-2734
Tel.: 757-428-3588 ext. 7291
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En español
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